No supe distinguir si perdí la vista
o si caí en un pozo
al que parecía estar todo cubierto de niebla.
Caía
mientras la niebla fría y espesa
me apretujaba la respiración.
Me quitó el poder de gritar.
Mis pensamientos
poco a poco dejaron de escucharse.
Trataba de recuperar el recuerdo de tu voz,
pero se distorsionaba.
Caía
tan rápido,
que mis lágrimas volaban.
—¡Hola!
—¡Hola!
Entre risas tímidas.
Algún día iremos a Nebraska, dijo.
Reí, sin entender,
hasta que señaló el estampado de mi camiseta.
Caía
recordando también su aroma,
aferrándome a algo,
pero también se desvanecía.
Caíamos
quizá no a la misma velocidad,
quizá tú más rápido.
Pero separados por un muro mohoso,
me preguntaba:
¿por qué elegiste caer en otro pozo
si podíamos caer juntos?
Aquí no había fin,
estaba entre la niebla espesa,
una escasa memoria
y una caída interminable.